sábado, mayo 19

La mala hierba

No sé mucho de jardinería ni de agricultura. Hablo al tanteo. Me han dicho, lo supongo o lo he visto. La mala hierba en toda siembra suele aparecer. La eficacia, en el cuidado de lo plantado, implica mecanismos para reducir y acotar su presencia. Negar su existencia sería utópico y equivaldría a perder el tiempo en ensoñaciones, el jardinero/sembrador se distraería y la mala hierba se multiplicaría poniendo en riesgo aquello que se desea. Ya sean flores ya sean frutos, no pueden vivir ambos si aquella hierba agreste les roba los nutrientes y limita su espacio.
La prevención, bendita palabra, es entonces materia sustancial para el jardinero/sembrador. Una pregunta se revela: ¿cómo limitar el influjo negativo de la hierba no deseada?

Pienso en todo esto ante el cielo con nubarrones que se mira en el horizonte. Fuí parte, en menor o en mayor medida no lo sé de cierto, de quienes en México quisimos construir un camino alterno a la dádiva que aniquila la libertad, al asistencialismo como vía de perpetuación de un sistema aquilosado. Una gran generación que apostó por el cambio. Pero, hay que decirlo, poco logramos en realidad de todo lo que soñábamos, de todo lo que queríamos.

En parte la responsabilidad se comparte y divide; por un lado funcionarios y políticos cortos de miras, cerrados de origen a los verdaderos alcances. Hoy por hoy, en terminos teológicos, muchos de estos funcionarios y políticos enanos de espíritu son el mejor ejemplo del pecado de omisión: ¡todo lo que pudo hacerse y no se hizo! A fin de cuentas, y así hay que experimentarlo, uno es responsable por lo que hace pero, sobretodo, por lo que deja de hacer. La elección moral de la acción humana tiene sus consecuencias, y la “no elección“ no queda impune al planteamiento de la bondad/maldad de los actos.

Por otro lado, es infantil anclar la responsabilidad de la zozobra en la autoridad, en el fuero externo, en el otro. La ciudadanía tiene su parte y reconocerla nos haría emprender de nuevo el camino; nos permitiría, con brújula en mano, un renovado impulso, nos dejaría más listos para lo que viene. ¿Cuál es nuestro pecado? Si los otros son omisos nosotros ¿qué somos? Y he aquí que, aunque duela, hay que gritar fuerte y claro: ¡nuestra indiferencia es la cadena y el candado!.

Pecamos socialmente al creer que bastaba ser únicamente representados en democracia, abdicamos nuestra participación en un nuevo tiempo mexicano. En el momento más crucial de nuestra historia nos conformamos con que otros, supuestamente bien elegidos por nosotros, decidieran e imprimieran rumbo. Los vimos equivocarse y de manera indiferente nos conformamos en señalar su parte y regodearnos en una conquista momentánea. Craso error que hoy nos tiene al borde del abismo.

Hoy en día una parte importante quiere negar, quiere argumentar, que la mala hierba no existe. Otros quieren gritarle, tal vez por impotencia tal vez por catársis, una especie de mantra: ¡fuera! ¡fuera! como si eso la arrancara de raíz. Me asusta pensar que eso sea valorado como vía de solución. En cualquiera de los casos veo que perdemos más tiempo. Pienso y siento que como ciudadanía deberíamos estar ya cavilando, planeando, conformando y ejecutando la estrategia para acotar la mala hierba que habrá de invadirnos el campo en julio próximo.