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Espacio personal para la reflexión que se materializa en algunos garabatos que habrán de acompañarme en el camino.
Juan Pablo II atacó con todo la Teología de la Liberación, que afirmaba que no hay iglesia sin el pueblo (lo que debería ser una redundancia, pues en griego “ekklesía” significa comunidad, reunión, pueblo…). Aseguraba también que el reino de Dios también puede ser de este mundo y que los sacerdotes deben vivir, acompañar y ser pobres. La Congregación de la Doctrina de la Fe (entonces liderada por Joseph Ratzinger) condenó al ostracismo a algunos de los más eximios representantes de esta escuela: Leonardo Boff, Jon Sobrino, Camilo Torres y Samuel Ruiz.Otro caso es el del Hans Küng, quien sin ser teólogo de la liberación era considerado progresista. También a él se le prohibió dar clases.
El Vaticano es un país. Y el papa, un jefe de Estado (absolutista). En este sentido se espera que respete a la comunidad internacional. Arguyendo su misión divina se metió en asuntos mundanos, para obtener ventajas políticas y económicas.México es un ejemplo. En 1992 presionó para que se minara el Estado laico. Maniobró para que se revirtiera una parte central de las Leyes de Reforma y se otorgaran derechos políticos y de posesión a los sacerdotes y a las iglesias. Wojtyla incluso permitió que los obispos mexicanos amenazaran con una huelga de cultos, igual a la que desencadenó la Guerra Cristera.Pero un caso paradigmático ocurrió en 1983, cuando Juan Pablo II visitó Nicaragua. Había triunfado la revolución sandinista, y entre los ministros del nuevo gobierno estaba el sacerdote Ernesto Cardenal, que ocupaba la cartera de Cultura. Durante el acto protocolario de bienvenida y en una transmisión en vivo, Wojtyla regañó al secretario de Estado por sostener postulados apóstatas y lo urgió a que “regularizara su situación”.Las palabras que no tuvo contra Pinochet las tuvo contra Cardenal.
Juan Pablo II solía criticar los grandes problemas del mundo, pero sin señalar culpables con nombre y apellido. Jamás denunció, por ejemplo, a ninguna trasnacional explotadora ni se confrontó con los grandes acaparadores de capital.Lo mismo hizo hacia dentro del Vaticano: fortaleció a su séquito, que se empoderó de la institución y la burocratizó a niveles colosales. En ese marasmo se perdían solicitudes de ayuda, denuncias de nepotismo y solicitudes de los católicos de base. Este problema les estalló a Ratzinger y a Bergoglio. Éste último creó una comisión para indagar a profundidad y renovar ese entramado. Hasta el momento calculan 58 recomendaciones.
Cuando Juan Pablo II subió al pontificado rechazaba el condón; no existía el sida. Tres años después, cuando se detectaron los primeros casos de VIH, siguió rechazando el preservativo. Cuando se convirtió en una pandemia, continuó repudiando al condón. “Él probablemente contribuyó más a la propagación de la enfermedad que la industria del transporte terrestre y la prostitución juntos”, asentó la revista londinense New Statesman. El articulista Nicholas Kristoff, de The New York Times, consideró que arremeter contra el preservativo era uno de los peores errores en la historia de la iglesia.La homosexualidad fue otro de sus temas predilectos: es un pecado, afirmó, y punto.El rechazo a que las mujeres decidieran sobre su cuerpo también fue uno de sus postulados. Ni hablar de incorporarlas a puestos de dirección en la curia u ordenarlas sacerdotes (aunque la Biblia no haga la menor restricción al respecto).Abominó también de las relaciones sexuales prematrimoniales y de la masturbación, sin atender a los argumentos científicos o sociales. Y lo mismo con su fijación por el celibato sacerdotal, una represión que se ha comprobado que puede fomentar el abuso contra menores.
"Juan Pablo II no puede ser un ejemplo. Más allá de que ordenaba creer en cosas de las que no hay una sola prueba (dios o los dogmas)..."El Papa no nos ordena a los creyentes a creer cosas imposibles a la razón a modo de reyezuelo encaprichado al que todos como una gran masa seguimos sin ton ni son; la autoridad de un Pontífice deviene de lo que nosotros hemos decidido, libremente, creer como miembros de la Iglesia. Yo no obedezco como fiel al Papa en turno en calidad de una autoridad humana, le obedezco en virtud de la conversión personal que he tenido y del encuentro con el Resucitado que ha instituido el ministerio de Pedro; le sigo en calidad de vicario de Jesucristo. Y él no me ordena creer en Dios o en los Dogmas, yo decido creer en ello y someto mi obediencia como fiel y como miembro de la Iglesia, que es muy diferente. El Papa confirma a los fieles en la Fe, no manipula a los fieles para cubrir sus personales caprichos; el poder de un Papa, es sobretodo un poder Moral, que está al servicio de todos. Que el autor del texto no crea en Dios o en los dogmas de la Fe es muy su problema, como muy mío el de saber si obedezco a alguien y encontrar las razones para dicha obediencia. La versión de una potestad omnipresente del Papa ha venido despareciendo por instancia de los últimos pontífices, desde quien rechazó la tiara en la habitual "coronación", ya en desuso, a la presentación del Papa Francisco sin la muceta hace más de un año.
Su omisión a la hora de denunciar a curas pederastas (muy notoriamente el mexicano Marcial Maciel, fundador de los Legionarios de Cristo) no sólo es falta de santidad, sino un delito.Durante años, centenas de víctimas escribieron directamente a Juan Pablo II para denunciar las violaciones y estupros que habían sufrido por parte de sacerdotes. Le daban fechas, nombres y versiones coherentes. Cerró los ojos, y siguió aceptando el dinero que venía de los Legionarios y organizaciones parecidas.Otro caso fue el del otrora cardenal de Boston Bernard Law, que fue demandado 450 veces por encubrir a sacerdotes pedófilos. En 2002, tras entrevistarse con Juan Pablo II, renunció a su arzobispado… pero fue cobijado por la Iglesia, que lo hizo responsable de una de las parroquias más hermosas e importantes del mundo: Santa Maria Maggiore, en Roma. Apenas en marzo pasado el papa Francisco lo removió.
Otro de los magnos pecados del carismático Juan Pablo II. Las palabras de rechazo que tenía para los homosexuales o para quienes usan condón no las tuvo contra Pinochet o Fidel Castro.En 1987, Wojtyla fue a Chile. Y el 2 de abril, junto al golpista Pinochet, salió al balcón principal del Palacio presidencial de la Moneda a saludar a la multitud. Años después, el secretario personal del papa, Estanislao Dziwisz, dijo que el pontífice había sido tomado por sorpresa y obligado a salir junto al dictador. Es lo de menos, ni ahí ni nunca rechazó la dictadura, que dejó unos 30 mil muertos.
Juan Pablo II dictó las reglas gracias a las cuales, ahora, califica para ser santo: vivir los valores católicos en grado heroico y haber realizado dos milagros. Rebajó la cantidad de milagros requeridos y, lo más importante, derogó la figura conocida como “abogado del diablo”, que era el encargado de investigar a profundidad la vida del beato y buscar si perpetró iniquidades en vida. Ahora sólo se puede hablar bien del candidato a santo. Paralelamente, el tiempo para canonizar se acortó. Transcurrirán sólo siete años de la muerte de Wojtyla a su entronización a los altares. Antes se requerían al menos 30 años, para poder observar el legado de la persona con perspectiva histórica.Este es un bonito ejemplo de la contradicción arriba mencionada. Las tesis del autor, seguramente, coinciden con un progresismo recalcitrante donde se quiere, pide y exige que la Iglesia sea más flexible y deje de ser "burócrata". Hay un círculo vicioso entonces pues si la Iglesia es firme se le acusa de cerrazón, y cuando la Iglesia actualiza sus propios procesos está mal que lo haga. No hay salida posible de esta vía circular. Poca comprensión de la Santidad, pues bajo la óptica de este texto, Juan XXIII no podría ser canonizado pues no se presentó el "segundo milagro", sino que ha sido una decisión directa del Papa Francisco y eso también estaría fuera de proporción. Seguramente sería bueno ahora presentar a la Revista Proceso a los candidatos a Santidad en lugar de llevar el caso con la congregación vaticana correspondiente. ¿Será que duele que se busque presentar la Santidad como un modo de vida ejemplar y cercano a la contradictoria realidad actual? Juan Pablo II beatificó y canonizó a muchos dignos representantes de la Iglesia justo para mostrarnos que la Santidad nos rodea y que puede ser una meta alcanzable en esta vida, no solamente en el futuro de la vida eterna. Proceso sí puede "canonizar" a los políticos de su orientación ideológica, pero la Iglesia estaría imposibilitada para pronunciarse sobre sus miembros. Además no me queda claro cuál es la fuente de donde el autor indica que se deroga la figura popularmente conocida como "abogado del Diablo", pues en términos técnicos hablamos del "promotor de la fe" que sigue presente desde la Constitución Apostólica de 1983 DIVINUS PERFECTIONIS MAGISTER, que puede consultarse aquí.
Antes de que Juan Pablo II asumiera el papado (1978) comenzó el escándalo del banco Ambrosiano: lavado de dinero, fraude, vinculación con la mafia y hasta venta de armas en la que estaban inmiscuidos los directivos del Banco Vaticano y sacerdotes de la curia.
Último punto de hoy, para no hacer más cansado este tema al lector que amablemente me ha seguido hasta ahora.Juan Pablo II no pudo o no quiso solucionar el caso (de hecho, quienes estaban detenidos fueron hallados inocentes en 2007).El asunto es harto importante por dos razones: analistas indicaron que la muerte de Juan Pablo I en 1978 (antecesor de Wojtyla) podía estar relacionada con el Ambrosiano. La otra razón es que el desastre financiero que implicó no se ha solventado. Incluso, una de las últimas decisiones del entonces papa Benedicto XVI —nombrar un nuevo director del nuevo banco Vaticano— muy probablemente estuvo relacionada con su renuncia al pontificado, si se da crédito a los documentos de Vatileaks.
Olvidar es parte de leer; recordar lo que hemos olvidado es uno de sus placeres. Podemos olvidar incidentes o personajes o cómo va la historia. Y pocos recordamos todos los libros que hemos leído. Por ello, releemos los que más hemos disfrutado. Al releer recuperamos lo que disfrutamos por primera vez y descubrimos detalles que no habíamos notado antes y que nos permiten un entendimiento profundo, una visión distinta del libro.
Si leer no afecta nuestras vidas, no nos cambia o influye en nuestro comportamiento, entonces no es más que una pasatiempo que difícilmente vale toda la atención que le dedicamos. Pero si la lectura afecta nuestra vida emocional, intelectual, éticamente -y en otras mil formas--, como creo que lo hace, entonces sí importa que libros ponemos en nuestra cabeza. Y si es importante lo que ponemos en nuestra cabeza, entonces vale la pena recordar que libros fueron.
Año 452 después de Cristo. Atila se acerca a Roma. El Papa León sabe que si "El Azote de Dios" no la conquista, será otro quien lo haga antes o después. Así que recomienda a Ioannes, un caballero que parece estar bendecido con la inmortalidad, sacar de la urbe un misterioso cofre y huir hasta una nación que está emergiendo en ese momento, llamada a convertirse en la poderosa serenísima República de Venecia.
Carnaval de Venecia, en nuestros días. El Papa Pedro II es arrojado desde el Campanile por un misterioso encapuchado. La ciudad queda sitiada hasta que se resuelva el crimen, y atrapa en su red de canales al hijo de un millonario inglés, a una joven arqueóloga española y a toda una panoplia de personajes que ignoran hasta qué punto la historia en la que participan puede cambiar el mundo.