lunes, septiembre 26

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Como parte de mi desempolvada a "El Padre del Hijo Pródigo" de José María Cabodevilla, unas palabras de Péguy.

De todas las palabras de Dios,
ésta ha despertado el eco más profundo,
el más antiguo y el más nuevo,
el más reciente.

"Un hombre tenía dos hijos"

Desde hace miles de años viene haciendo llorar
a innumerables personas, ha tocado el corazón
humano en un punto único, secreto, misterioso,
inaccesible a las demás palabras de Dios.

Durante todos los siglos y en la eternidad los hombres
llorarán por ella y sobre ella, fieles e infieles,
por toda la eternidad hasta el día del Juicio
y hasta en el mismo Juicio.

Ésta es la palabra de Dios que ha llegado más lejos,
hijo mío, la que ha tenido más éxito temporal y eterno.
Es célebre incluso entre los impíos, y ha encontrado
en ellos un orificio de entrada, y quizá es ella sola la que
permanece clavada en el corazón del impío como un claro
de ternura.

Puesto que él dijo: "Un hombre tenía dos hijos"
Y el que lo oye por centésima vez, es como
si lo oyera por vez primera.
¡Que punto sensible ha encontrado en el corazón
del hombre!
Un punto de dolor y desgracia, y esperanza, un
punto doloroso y de inquietud, como un golpe
que produce una huella en el corazón del hombre,
un punto en el que es preciso no apoyarse, un
punto de cicatriz, de sutura, de cicatrización
sobre el que es necesario no apoyarse.

Es la única palabra de Dios que el pecador
no ha ahogado en su corazón; después que
esta palabra ha mordido su corazón, ya nada
borrará la huella de sus dientes.

Una palabra que acompaña, que le sigue a uno
como un perro; se le golpea pero sigue, como un
perro maltratado que vuelve siempre a uno.
Y es que ella demuestra que no todo está perdido,
que no entra en la voluntad de Dios que se pierda
uno sólo de estos pequeños.

Cuando el pecador se aleja de Dios, arroja al borde
del camino, en las zarzas y entre las piedras, como
si se tratase de cosas inútiles y embarazosas, los
bienes más preciados, los más sagrados, la palabra de
Dios, los más puros tesoros.

Pero hay una palabra de Dios que nunca arrojará
y sobre la cual el hombre ha llorado tantas veces.
Es una bendición de Dios que no arroje esa palabra
a las zarzas.
Y es que no tenéis necesidad de ocuparos de ella y
de llevarla a cuestas, pues es ella la que se ocupa
de vosotros y de hacerse llevar, es ella la que sigue,
una palabra que sigue, un tesoro que acompaña.

Las otras palabras de Dios no se atreven a acompañar
al hombre en sus mayores desórdenes,
pero verdaderamente esta palabra es una desvergonzada,
no tiene miedo, no tiene vergüenza,
y tan lejos como vaya el hombre,
en cualquier país, lejos del hogar,
en las mayores tinieblas,
siempre habrá una claridad, lucirá una llama, un punto de llama
siempre velará una luz, que no será puesta bajo el celemín,
siempre lucirá una lámpara: "Un hombre tenía dos hijos". 

Charles Péguy

Para a quien esto interese:

  • Evangelio según San Lucas (15, 11-32), búsquelo en su Biblia de cabecera.