jueves, septiembre 17

El rélampago de las recientes semanas

Me he reprochado a mí mismo el no haber dedicado algunas líneas. Hoy salgo del mutismo para intentar bosquejar todo el mundo de emociones, pensamientos y sentimientos que en forma de ráfaga me han saturado desde aquella inolvidable tarde de lunes, hace casi tres semanas.

Todo, según nosotros, sucedía en forma normal. Ya teníamos previsto todo el negocio y peregrinación para el día 4. Bien me lo dijo Paty Anaya, en sus apreciables palabras que yo resumo en: ¡no cantes victoria!. La canté antes de tiempo, y con el tiempo en el antes la victoria me llegó en avalancha.

La última consulta, el nervio por la circular de cordón, la premura del rumbo al hospital, la preocupación sobre los peques y sobre Ili, el paso de la ansiedad a la alegría, la oscuridad en luz, el silencio en llanto iracundo por la vida que se abre paso entre agua y carne. Todo se reproduce ahora en mi memoria como una película en forward constante. Parece como si no hubiera pasado el tiempo, pero con angustia me percato de que la paternidad es un adelgazamiento del tiempo. Los minutos parecen ser más breves, los días pasan realmente volando. La transformación del primer minuto en que le ví al último minuto que compartimos hoy por la mañana, antes de la rutina de la oficina, me deja en claro eso de que los seres humanos crecemos segundo con segundo.

Transformación, sería una palabra para definir la variación de nuestras vidas. Transformación a la que ahora, gustosos, nos entregamos en cada instante y bajo cualquier pretexto.

La tradición popular, por lo menos de quienes a mi lado generan todo ese mundo y submundo de recomendaciones y sugerencias relacionadas al suceso, me indica que son noches de pesadilla, que el cansacio será considerable, que el dormir se afectará ya para siempre, que la tranquilidad nunca regresará al corazón pues ahora éste, en cierta forma, se traspasa por la vida de otro, etc, etc, etc. No digo que no sea pesada la transformación que ahora vivimos, pero basta verle a él un sólo segundo y encontrar sentido a cualquier labor por fatigosa que sea, basta encontrar el aroma que despide y la luz que irradia como para saber que la cuesta, aunque ahora sea más empinada, habrá de llevarnos a una mejor vista del horizonte.

La tranformación completa de mi vida engloba algunas preguntas que vale la pena, y por finalidad en su reflexión, enumerar:

  1. ¿Cómo es posible que un peso menor a 3 kilos y medio, y una medida de 50 centímetros, engloben tantas cosas?
  2. ¿De qué manera comprender ese término, que antes me parecía rebuscado pero ahora es completamente clarificador, del alumbramiento?
  3. ¿Cómo representar con palabras la impresión de ser testigo del inicio de una nueva línea en la historia, en la historia íntimamente personal, que habrá de continuarme aún cuando mi línea llegue a su punto final?
Creo que como pocas veces en mi vida me ocupo en admirarme sin necesariamente tener que enteder plenamente lo que me ocurre. Hay sucesos en la vida que pueden y deben admirarse por encima de la reducida comprensión de la que los seres humanos somos capaces.

Pablo, el más pequeño, es un gran suceso al que me inclino por admirar calladamente; el tiempo me dirá si puedo aprender a comprenderlo y entonces comprenderme mejor a mí mismo. Sé que en ese camino no iré sólo y el saber que mi paternidad es reflejo de la maternidad de la mujer que amo, en una complementariedad notable, no es sólo motivo de ánimo y alegría sino que experimento una seguridad realmente confortable.

He aquí al suceso que estremece mis entrañas y me obliga, con su sola mirada, a ser todo aquello que puedo llegar a ser.